sábado, septiembre 23, 2006

Llegó el sol

Hace casi un año escribí aquí acerca de un viaje. Ese día estaba nublado. Mi hija partía en una búsqueda de algo indeterminado, desconocido.
Hoy el sol ha aparecido consagrando una nueva primavera. Y es sobrecogedor mirar hacia atrás y entender el sentido de todo. Entender su querer partir a un destino tan curioso, su decisión, su incuestionable voluntad.
Hoy ya tiene un poco más de tres semanas (nació el 29 de agosto). Benjamín es el nombre que Valentina le puso a su hijo (mi nieto) porque es un nombre de niño feliz. Y en sus profundos ojos negros, en esa potente y reconocible mirada, es posible asomarse al universo.

jueves, noviembre 24, 2005

Acá no cae nieve


No puede haber nada bueno detrás de la publicidad infantil. No me vengan con el argumento de la función informativa del consumidor que tiene la publicidad. En el caso de los niños, no hay argumento posible: provocar deseo por tener cosas, por consumir, no puede ser jamás, en ningún entorno y bajo ningún condicionante, algo aceptable. Mucho menos algo correcto o bueno.

Se acerca una nueva Pascua y esta vez quiero ser capaz de abstraerme del entorno y ser más consecuente con mis propios sentimientos. El año pasado lo pasé realmente mal... caí en una vorágine de compras y mi hijo fue "feliz". Abrió tantos paquetes que al cabo de un rato ya ni recordaba los primeros regalos del proceso. Ver la escena y las de días posteriores -mucho juguete harto caro tirado por ahí-, me generó un intenso y desagradable sentimiento de culpa, pero no la de haber hecho algo políticamente incorrecto, sino la real, la de estar decepcionada de mí.

Cuesta hacer otra cosa. De partida, los cabros no tienen la noción de "el" regalo, sino de la apertura múltiple. Muchos padres se adaptan a esa realidad con astucia, empaquetando harta cosa de a luca... total, el quid es la emoción de rasgar papeles, abrir y abrir desaforados. Eso me parece igual de malo que regalar harta cosa cara. El efecto es el mismo: hacerle vivir a los niños la experiencia de la voracidad material.

Es tan obvio y evidente lo que les quitamos con eso: les quitamos la posibilidad de tener un recuerdo sagrado, como los que tenemos los de mi generación y los más viejitos.

Me acuerdo de la Pascua del 75. Me regalaron un microscopio que usaba luz solar para funcionar y tenía una pantallita donde se veían las cosas -bichos y demases- amplificadas. Lo gocé meses y meses. Y me acuerdo perfecto cómo era y puedo rememorar lo que sentí y sentía usándolo. Eran tardes, días enteros. Porque era todo un proceso, partiendo obviamente por cazar bichos. Por eso también traía una red.

Estoy segura de que el microscopio se echó a peder mucho antes que mi interés por él. Y no sólo los bichos aparecieron en mi vida. Es insólita la cantidad de cosas que, vistas en el microscopio, son un espectáculo: pelos, cortezas, hojas, arroces, en fin. Me he sorprendido cerca de las pascuas vitrineando microscopios a propósito de pensar en regalos para Juan Andrés y dejándolo para cuando sea un poco más grande. Bueno, eso les quitamos. Dudo que cuando mi hijo sea grande sea capaz de recordar algún regalo memorable. Y no voy a entrar en consideraciones aún más profundas y peludas respecto del verdadero sentido de la Navidad y cómo no está presente en la celebración de la pascua.

Es que aquí no cae nieve. Y es bien sabido que la realidad anímica de los seres humanos es bien distinta en invierno (mucha mayor interioridad) que en verano. Realmente es bien difícil evocar en el alma la profundidad del misterio del nacimiento de Jesús, en medio del calor de más de 30 grados que siempre envuelve Santiago en la Pascua, los tacos, la transpiración de la vieja que apura a los estudiantes-trabajadores-ocasionales en el empaque de la multitienda, los pies hinchados, el regalo del amigo secreto de la oficina comprado a última hora, la ceremonia ídem, a la rapidita, porque que hay que partir a terminar de comprar lo que falta, el pino medio seco si es que llega a ser natural, el día largo... no oscurece nunca, las ventanas abiertas a la hora de la comida, el sonido a petardo, todos los niños del barrio en short y polera depsués de las 12 con la bicicleta nueva... ¿o con un iPod? quién sabe... El invierno es, definitivamente, más propicio para la experiencia de lo espiritual.

A pesar de que el tiempo no acompaña, este año tengo propósitos renovados. Ya me puse en campaña comunicacional. Le anuncié a Juan Andrés que le voy a hacer sólo un regalo. Y que el Viejo Pascuero le traerá otro, uno. Ha reaccionado bien, aunque con ansiedad: ... "pero voy a recibir más de otras personas ¿cierto?" ... "quiero hacer una lista de varios igual ¿ya?"...

La cosa es mantenerme firme en este intento y no dejarme arrastrar por el temor enorme que tengo a enfrentar una carita de pena el 24 en la noche, cuando sean pocos, realmente pocos... tengo una debilidad horrorosa ante cualquier expresión suya de decepción, frustración, desencanto. Ese es el bicho que me ha hecho caer en la compra excesiva en años anteriores.
Por todo eso, por lo difícil que me resulta ser quien quiero ser esta Pascua, como mamá y como persona, por lo difícil que resulta a los niños ser felices con poco (como cuando era chica y comprarle un helado al heladero que pasaba por la casa el sábado en la tarde podría "hacerme" todo el fin de semana), por la tremenda y dolorosa diferencia que hay entre lo que yo soy capaz de comprarle y lo que pueden regalar a sus hijos muchas mujeres chilenas de mi misma edad, que viven sólo un poco más al sur de Santiago que yo, por todo eso, considero que la publicidad infantil es inmoral. Lo he pensado siempre, en realidad. Pero en estos días esa idea se me ha venido encima. Me da rabia. Es increíble que lo permitamos. Es increíble que exista. (Les recomiendo este artículo que encontré en la sección Education de CNN)


Todavía recuerdo con nostalgia cuando Juan Andrés cumplió 4 años. Era tal su ignorancia respecto de la oferta comercial juguetera del momento, que no supo formular peticiones de juguetes con nombre propio. Su mundo estaba poblado sólo por genéricos, prácticamente arquetípicos. La lista completa fue: bolitas, un disfraz de vaquero, una espada y una capa de príncipe. ¿Alguien recuerda que a los juguetes les poníamos el nombre?... ahora todos vienen ya bautizados de fábrica.

Mientras, afuera caen los patos asados.

sábado, octubre 15, 2005

Nublado, 7 grados en Santiago

Hoy partió sola, en un vuelo lleno de temor e ilusiones. Se hace grande. Tiene casi 19 y es tan niña. Ruta: Santiago, Buenos Aires, Roma, Malta. Malta? por qué a Malta? dónde está eso?... la verdad, no sé por qué hace un año y medio pensó en Malta. Pero de su primera impresión en un sitio web a sueño permanente, hubo sólo minutos. Pero nunca se la creyó, nunca pensó que ese sueño que la mantenía on hold en su vida, por fin sería verdad material. Y hoy la vi partir. La dejé al lado de la cabina del policía en el embarque. Iba tan niña, tan frágil, tan asustada, llorando. Parecía como si casi se arrenpintiese de haber formulado en voz alta el sueño. Pero, en el fondo del alma, iba fuerte porque estaba siendo ella misma. El avión despegó en tiempo, a las 7:45. Son las 9:30 en Santiago. En media hora más estará aterrizando sola, en lo que será para siempre, para toda su futura historia de vida, esa primera parada en medio de la incertitidumbre, el temor a lo nuevo, el miedo a los aviones y el espacio abierto a la libertad y el mundo. Acá sigue nublado, afuera en el cielo y en mi corazón, hasta que no reciba un primer mail en el que diga: mamita, llegué bien.